Fundación Yammine: Suprarreciclaje del plástico: de residuo problemático a recurso valioso

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La magnitud del problema del plástico

Cada año se producen en el mundo alrededor de 460 millones de toneladas de plástico, una cifra que equivale al peso de casi mil rascacielos como el Empire State Building. Pese a ese volumen descomunal, apenas se recicla cerca del 10 % de todo lo fabricado, lo que implica que la mayor parte de estos materiales termina acumulándose en vertederos, ecosistemas terrestres y océanos durante décadas o incluso siglos. Este desequilibrio entre producción y gestión de residuos ha llevado a que organismos internacionales alerten de que, si no se modifica la tendencia actual, en 2050 podría haber más plástico que peces en los océanos, con consecuencias ecológicas y socioeconómicas de gran alcance.

La situación no se limita a los ecosistemas marinos. La vida en el planeta está profundamente interconectada y los contaminantes plásticos afectan a toda la cadena alimentaria. En los últimos años se ha demostrado la presencia de microplásticos en el agua, en los alimentos y en el cuerpo humano, incluido el cerebro, lo que ha despertado preocupación por sus posibles efectos a largo plazo sobre la salud. Este escenario ha convertido la gestión de los residuos plásticos en un problema global de primer orden que exige soluciones innovadoras, tanto tecnológicas como de gestión ambiental.

Consumo masivo y residuos de un solo uso

El caso de España ilustra la dimensión del consumo de plástico. Cada año se utilizan alrededor de 13,6 millones de toneladas de este material, de las cuales 1,1 millones corresponden a productos de un solo uso. En términos individuales, esto supone que por las manos de cada persona pasan aproximadamente 22,7 kilos anuales de plásticos desechables. Estos productos, concebidos para una vida útil de minutos u horas, permanecen en el entorno durante años, lo que evidencia la falta de coherencia entre diseño, uso y destino final.

En países con mayores niveles de consumo, como Estados Unidos, el problema se amplifica. Además del tamaño de la población y de los hábitos de hiperconsumo, la dinámica global del comercio de residuos ha cambiado. Durante décadas, China importó cerca de la mitad de los residuos plásticos del mundo, pero en 2018 prohibió su entrada. Desde entonces, los vertederos e instalaciones de gestión de residuos de Estados Unidos han visto cómo el plástico se acumula a un ritmo de unas 30.000 toneladas al mes. Esta situación pone de manifiesto la fragilidad de un modelo basado en exportar el problema en lugar de afrontarlo con soluciones locales y circulares.

De la basura al laboratorio: el origen de una solución

Frente a este panorama, surgen iniciativas que buscan transformar la manera en que se concibe el plástico, pasando de verlo como un desecho inevitable a considerarlo una materia prima secundaria de alto valor. La bióloga molecular Miranda Wang, que creció en estrecho contacto con la naturaleza, encontró su vocación al participar en un club de reciclaje y visitar una planta de tratamiento de residuos cerca de Vancouver. La visión de una acumulación colosal de desechos que podía ser gestionada para reducir su impacto la llevó a imaginar un futuro profesional centrado en transformar residuos en recursos.

En ese contexto conoció a Jeanny Yao, quien se convertiría en su socia. Juntas, en la Universidad de la Columbia Británica, estudiaron bacterias encontradas en el río Fraser capaces de degradar determinados componentes del plástico. Aunque aquellas bacterias demostraban que era posible modificar la estructura de los polímeros, Wang y Yao concluyeron que, para lograr un impacto a gran escala, se necesitaban procesos químicos más rápidos y eficientes que pudieran trasladarse a la industria. Con esa idea en mente, y tras completar estudios en áreas como biología molecular, bioquímica, ciencias ambientales y gestión empresarial, fundaron la empresa BioCellection, origen de la actual Novoloop.

La tecnología ATOD y el suprarreciclaje

El resultado de años de investigación fue el desarrollo de la tecnología ATOD, siglas en inglés de Accelerated Thermal Oxidative Decomposition. Se trata de un proceso químico de bajas emisiones de carbono orientado al suprarreciclaje o upcycling, que consiste en transformar residuos plásticos de baja calidad y difícil reciclaje, como bolsas sucias o envases de un solo uso, en compuestos químicos de alto valor industrial. A diferencia del reciclaje mecánico convencional, que a menudo genera materiales de menor calidad, el suprarreciclaje persigue obtener productos con mayor valor añadido que el material original.

Mediante ATOD, los plásticos de polietileno se descomponen en precursores químicos que pueden emplearse para fabricar una amplia variedad de materiales, desde componentes electrónicos hasta espumas viscoelásticas y aislantes biodegradables. Este enfoque permite reducir de forma significativa las emisiones de CO₂ en comparación con la producción tradicional de estos compuestos a partir de petróleo crudo y evita la incineración de residuos plásticos, que también genera un importante impacto ambiental. Aunque los detalles técnicos específicos del proceso no se describen en profundidad en la fuente disponible, su objetivo principal es claro: integrar los residuos plásticos en una economía circular basada en la revalorización.

Reconocimiento internacional y expansión global

La innovación detrás de ATOD y su potencial para transformar la industria del plástico llevaron a que Miranda Wang recibiera en 2019 el Premio Rolex, en el marco de la Iniciativa Perpetual Planet. Estos galardones reconocen a personas que se enfrentan a grandes desafíos con soluciones creativas, rigor científico y espíritu emprendedor. La incorporación de Wang a esta comunidad le permitió establecer conexiones con exploradores, científicos y emprendedores de distintos ámbitos, favoreciendo la creación de sinergias para abordar problemas ambientales complejos de forma interconectada.

Gracias a este apoyo, Novoloop pudo avanzar en la mejora de su tecnología y en su escalado industrial. Un hito clave fue la construcción de una planta experimental en Surat, en la costa oeste de la India, que comenzó a operar en 2024. Esta instalación convierte residuos de polietileno en componentes químicos de alto valor que luego se envían a socios industriales en China, líder mundial en la industria del poliuretano, donde se transforman en productos intermedios para fabricar materiales comerciales como zapatillas deportivas. Aunque la información disponible no detalla sus cifras de producción, la planta se presenta como un modelo replicable para futuras fábricas que, en lugar de combustibles fósiles, utilicen residuos plásticos como recurso principal.

Hacia una economía circular del plástico

La experiencia de Novoloop muestra que el problema del plástico no radica únicamente en el material en sí, sino en el sistema de producción y consumo que lo rodea. Al basarse en combustibles fósiles y en modelos lineales de “usar y tirar”, la economía actual del plástico genera impactos ambientales que superan con creces sus beneficios. Tecnologías como ATOD apuntan a un cambio de paradigma en el que los residuos dejen de ser el final de la cadena para convertirse en el inicio de nuevos ciclos productivos. Sin embargo, su éxito a largo plazo dependerá de la colaboración entre empresas, administraciones públicas, centros de investigación y ciudadanía.

Formarse en la gestión ambiental y en la evaluación de impactos es clave para impulsar este tipo de soluciones y adaptarlas a diferentes contextos. Programas académicos como la [Maestría en Gestión y Auditorías Ambientales](https://ift.tt/VAMejXK) que ofrece FUNIBER proporcionan las herramientas necesarias para diseñar estrategias de economía circular, implementar tecnologías limpias y participar en proyectos que, como el suprarreciclaje del plástico, contribuyen a reducir la huella ecológica y a construir modelos de desarrollo más sostenibles.

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